Alta Edad Media: la desintegración del Imperio Romano (Palenzuela) - Parte 1
La caída del Imperio Romano de Occidente transformó profundamente la configuración de Europa. Imagen extraída de la web Ilustre.co. Puedes obtener más información en la misma web
Figura 4. Los bagaudas fueron soldados errantes, integrantes de ejércitos sin orden ni ley, esclavos huídos, colonos evadidos de sus obligaciones fiscales, forajidos e indigentes. Imagen extraída de la web Nueva Tribuna. Puedes obtener más información en la misma web
Figura 5. Reconstrucción virtual del emperador Constantino a partir de imágenes existentes. Constantino I el Grande fue quien puso la última piedra en la edificación del triunfo cristiano. Imagen extraída de la web PAR. Puedes obtener más información en la misma web
Sobre la conversión de Constantino a la nueva doctrina, así como su grado de sinceridad y el momento en que se produjo sigue generando intenso debate. Algunos historiadores insisten en el oportunismo político del emperador y la ambigüedad religiosa, características que le habrían llevado a intentar conciliar los principios de la fe cristiana con un paganismo todavía fuerte. De hecho, Constantino nunca renunció al título de Pontifex Maximus y siguió presidiendo los ritos paganos tradicionales en la fundación de Constantinopla. Sea como fuere, esta conversión contribuyó definitivamente a cambiar la historia del Imperio. Según la tradición, representada por su biógrafo personal, el obispo Eusebio de Cesarea, Constantino se convirtió en el año 312 tras tener una visión providencial, que le anunciaba la victoria sobre su enemigo el emperador Majencio y quedar dueño de las provincias de Occidente (fig. 6).
Para elaborar esta entrada he seguido la información que podéis encontrar en el gran manual de historia dirigido por Vicente Álvarez Palenzuela, uno de los mayores expertos medievalistas de España. Catedrático en Historia medieval en la Universidad de Autónoma de Madrid, Palenzuela ha escrito uno de los libros de referencia en español sobre la Edad Media, titulado Historia Universal de la Edad Media (2005), en la que también participaron gran número de doctores en historia medieval de diferentes universidades del país.
La caída del Imperio romano de Occidente se produjo durante la época conocida como las grandes invasiones germánicas, lo que llevó, a su vez, al paso de la Antigüedad tardía a la Edad Media. Este fragmento de historia ha sido objeto de debate y suscitado enorme interés desde que el historiador británico Edward Gibbon (fig. 1) publicara, entre los años 1772-1778 su colosal Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, defendiendo causas como la difusión del Cristianismo y la progresiva barbarización del ejército romano.
Figura 1. Retrato de Edward Gibbon, considerado el primer historiador moderno y uno de los más influyentes de todos los tiempos. Imagen extraída de la web Wikipedia. Puedes obtener más información en la misma web
Introducción a las causas principales
En la actualidad, los argumentos que se suelen esgrimir a la hora de analizar la caída de Roma son, a grandes rasgos, tres.
En primer lugar, en la caída del Imperio intervinieron al menos dos factores fundamentales y no excluyentes: los conflictos internos y las invasiones bárbaras. En segundo lugar, valorar la posibilidad de que las distintas causas que llevaron al fin de Roma no tuvieron la misma incidencia en todas la regiones del Imperio, convertido en un monstruoso espacio imposible de manejar de forma eficaz. Los límites del imperio se habían vuelto muy difusos debido a la organización en variadas regiones y provincias. Mientras en provincias como la Bética, Lusitania, Gallaecia, Germania, Britania o Mauritanita el dominio romano fue efectivo hasta los primeros años del siglo V, en otras, como África, Galia, Ilirico, Tarraconense o la misma Italia se mantuvo durante gran parte de esta centuria. En tercer y último lugar, señalar que, aunque la caída oficial se produjo en el año 476, tras la deposición del último emperador romano de Occidente, la idea de Roma y un poder centralizado perduraron a lo largo de toda la Edad Media, adaptándose a las diversas circunstancias históricas.
Una realidad tan enmarañada como la que presentan los últimos años del Occidente romano no se puede comprender en su totalidad sin tener en cuenta un buen número de acontecimientos de diferente origen, intensidad y alcance. Es por ello que se tiende a hablar de claves políticas, socioeconómicas o culturales, sintetizadas más fácilmente en factores internos y externos.
1. Factores internos de la caída del Imperio
1.1 Bárbaros, tiranos y siervos
La caída del Imperio romano de Occidente se ha asociado, tradicionalmente, a la desaparición de la unidad política en el año 476 d.C. con el destronamiento del último de los Césares, Rómulo Augústulo (denominado así en lugar de Augusto por su juventud), a manos de un caudillo bárbaro, Odoacro, rey de la tribu de los hérulos (fig. 2). Tras la deposición, Odoacro envió los estandartes e insignias imperiales al dirigente del Imperio romano de Oriente, el emperador Zenón.
Figura 2. Ilustración anónima que muestra el rendimiento incondicional de lo que quedaba de la clase dirigente romana. Imagen extraída de la web Meisterdrucke. Puedes obtener más información en la misma web
Este evento apenas tuvo eco en la sociedad, no tanto como otros que realmente sacudieron los cimientos de Roma, como el saqueo del año 410, liderado por el primer rey visigodo, Alarico. Tan terrorífico fue este asedio y destrucción de la ciudad, que intelectuales como San Agustín de Hipona, en su obra De Civitate Dei, creía que el fin de Roma había llegado. La ausencia documental coetánea sobre la caída del último César se explica en que este hecho no causó la impresión entre los contemporáneos que hoy se podría esperar. Quizás porque el suceso en sí carecía de la misma relevancia que cuantos infames acontecimientos venía sufriendo el Imperio en las últimas décadas; quizás porque se veía venir desde hacía tiempo y la entrada de Odoacro en Roma tan solo fue la culminación de la crónica de una muerte anunciada.
Desde los mismos inicios del Imperio, con Augusto, se fueron ideando diferentes fórmulas de gobierno para mantener la estabilidad estatal. La más eficaz fue la del Principado, basado legalmente en el consensus universorum, es decir, el César recibía el poder del pueblo y del Senado y este representaba un compromiso entre la República y el emperador. El Principado fue en la práctica una autocracia ''en connivencia con el verdadero poder reinante'', una República inexistente a todos los efectos. También desde Augusto se planteó la cuestión de la sucesión ideal. La transmisión del poder de unos emperadores a otros sufrió numerosas variaciones: desde la herencia familiar, la adopción de un individuo ajente a la familia imperial o la creción de la Tetrarquía de Diocleciano, la elección entre los mejores de los Antoninos o el puro golpe de estado de los generales fronterizos.
Tras la gravísima crisis del siglo III el Imperio intentó, por todos los medios, rehacer su marco político y administrativo. Para ello debía adaptarlo a las nuevas realidades económicas, sociales y culturales. En esta idea trabajaron los emperadores Diocleciano y Constantino I el Grande. Reforzaron la idea del emperador como amo absoluto con un origen divino destinado a ejercer el poder. De esta manera, Diocleciano ''recibía'' de Júpiter las cualidades sobrehumanas que precisaba para el ejercicio del poder. Constantino, por su parte, dio un paso más en la sacralización del poder imperial con el reconocimiento del cristianismo. Según afirma el historiador francés Henri-Irénée Marrou (1950) «los emperadores del Bajo Imperio, siendo hombres, reflejarán la majestad temible del Dios de Abraham». De esta forma, el fundamento sagrado del poder imperial se hacía más sólido. Así lo entendió Teodosio I el Grande al declarar el cristianismo la religión oficial del estado a finales del siglo IV. Sin embargo, ejercer el cumplimiento de la doctrina cristiana era tremendamente complicado, debido a la vastedad del territorio controlado y que, además, se tenía que hacer frente a distintas realidades que impedirán el triunfo de esta sacralización del imperio: por un lado la mala economía y, sobre todo, el ascenso del ejército al poder. Tras la muerte de Teodosio, la difícil situación política pondrá casi todo el poder en manos de sucesivos generales. La figura del militar que llegaba rápidamente a general con amplísimos poderes era algo frecuente. Personajes de finales de siglo como Estilicón, Aecio, Ricimero u Odoacro así lo confirman (fig. 3).
Figura 3. Ricimero fue un personaje terrible. El último gran dictador de Roma, ponía y quitaba emperadores a placer, haciéndolos matar cuando ya no servían a sus propósitos. Imagen extraída de la web Wikipedia. Puedes obtener más información en la misma web
El ejército también experimentó profundas transformaciones. Una de las causas fue el fin de las conquistas romanas y el cambio en la concepción de frontera (llamada limes) que se iba a tener a partir de las presiones que ejercían los bárbaros ya en tiempos de Marco Aurelio. Hasta entonces, la frontera servía únicamente para marcar un punto desde el cual seguir avanzando en posteriores campañas. A partir de finales del siglo II el limes constituirá una línea de defensa. Era necesario repeler a los constantes invasores, lo que conllevaba modificar el esquema militar y destinar al ejército mayores recursos, a pesar de que esto implicara la disminución de los dedicados tiempo atrás a otros objetivos, tales como el lujo, construcción de obras públicas y otros menesteres. De los 435.000 soldados con que se contaba bajo Diocelano se pasó a 600.000 a finales del siglo IV. Constantino, por su parte, llevó a cabo un nuevo sistema defensivo completado mediante los foedera, pactos con los jefes germanos que actuaban como aliados del Imperio. Pero a la larga esto llevaría a una barbarización del ejército.
Con el propósito de enderezar el Imperio se buscó modificar los órganos políticos y administrativos, desde el Senado de Roma, convertido en un mero secretario del emperador, hasta las provincias, las cuales pasaron de una cincuentena a un centenar con Diocleciano. Sin embargo, en medio de una cada vez más compleja maquinaria administrativa, un funcionario estándar no se libraba de toda suerte de corrupciones que llevarían al declive de las instituciones y un fracaso en las reformas. Los gobiernos urbanos decayeron y, con ellos, llegó el fin del patriotismo romano. Los miembros de los consejos municipales, los decuriones, terminaban pagando con su dinero los impuestos que la población no podía pagar. Los consejos municipales dejaron de reunirse a comienzos del siglo VII, cuando Roma hacía tiempo había muerto. Tanto Diocleciano como Constantino intentaron reformar la moneda y las finanzas, empezando por el ejercicio de la regalía monetaria. Constantino creó una moneda de oro llamada solidus, modelo de futuras acuñaciones en los reinos germanos. Paralelamente, se adoptaron medidas para regular los precios de los productos y los salarios de los trabajadores (Edicto de Diocleciano del 301). Las reformas fiscales se completaron con otras medidas, como la obligación a los artesanos de adscribirse a collegia, los primitivos gremios medievales, a finales del siglo III. Para asegurar los servicios indispensables y el abastecimiento de soldados y funcionarios el Estado acabó organizando sus propias redes artesanales y mercantiles, minando la libre iniciativa y, a fin de cuentas, provocando un retroceso en la economía romana, que ya se encontraba a las puertas del sistema altomedieval.
Las guerras internas y las medidas defensivas adoptadas no repercutieron a todos los grupos sociales por igual. Los privilegiados lograron mantener su posición; las clases medias, pequeños propietarios y comerciantes, prácticamente, desaparecieron como tales. En el medio rural, los pequeños y medianos jornaleros fueron disminuyendo progresivamente. Las principales causas fueron la excesiva presión fiscal y el endeudamiento progresivo. Su lucha por la supervivencia les llevó a buscar la protección de patrones mediante la creación de contratos en los cuales los campesinos se comprometían a trabajar las tierras a cambio de protección real frente a la violencia existente y frente a la presión del fisco. De esta manera, se allanaría el camino para el futuro sistema feudal. Estos colonos o arrendatarios se vieron adscritos a sus propietarios terratenientes, quienes podían perseguirlos si huían o maltratarlos impunemente. El colono, además, pagaba sus impuestos a través del propietario y no podía llevar a su ''amo'' a juicio. Tales situaciones de dependencia no encajaban con el Derecho romano, al reducir al mínimo las libertades que por ciudadanos romanos les correspondían, y llevar a los colonos a un estado de servidumbre.
El fin del mundo antiguo coincidió con el colapso de la sociedad esclavista, pero el nacimiento de estos especiales lazos de protección y el desarrollo del colonato manifiestan hasta qué punto dicho declive no conllevó el triunfo del trabajo libre. La razón del surgimiento de esta nueva servidumbre se encuentra en la obsesión del Estado por asegurar sus necesidades agrícolas y el cobro riguroso de los impuestos. Pero si el Estado tuvo claro el motivo para reducir a la nada las libertades del campesinado, también lo tuvo este para mostrarse hostil con el Imperio en los momentos de crisis. Es por ello que llegaron a protagonizar una serie de revueltas contra los grandes propietarios y, por supuesto contra el Estado. La más popular de todas fue la rebelión de los bagaudas, que se extendió por parte de la Galia, los Alpes e Hispania (fig. 4).
1.2 El triunfo del Cristianismo
La difusión y consolidación del Cristianismo en el Imperio romano coincidió también con su periodo de decadencia (el del imperio), por lo que gran parte de los autores paganos de la época y algunos historiadores posteriores, desde el Renacimiento hasta nuestros días, se cuestionaron su parte en la desintegración del imperio. Mientras que para historiadores contrarios al cristianismo, como el griego Zósimo, la consolidación del cristianismo fue decisiva en el derrumbamiento de Roma, para los cristianos, como el obispo de Cartago Cipriano, las desgracias del Imperio se debieron a una inexorable decadencia del mundo antiguo, agotado física y moralmente. Con el paso del tiempo, la gente empezó a preocuparse cada vez más por la vida después de la muerte, de ahí el surgimiento del culto a divinidades orientales, como Mitra, extendido sobre todo entre los soldados. La religión pasó de ser esencialmente cívica (centrada en el Estado) a convertirse en más espiritual y personal.
Mientras tanto, el paganismo se había dividido en dos vertientes: una, basada en la tradición religiosa clásica representada por los grupos aristocráticos, la clase senatorial e intelectuales como Celso, Porfirio o Juliano el Apóstata. Y una segunda, los cultos campesinos de origen neolítico, basados en el culto a los elementos de la naturaleza y que supondrán muchos dolores de cabeza para la Iglesia altomedieval. El éxito de las religiones orientales entre el pueblo y los soldados allanó el terreno a la vertiginosa expansión de la doctrina cristiana a pesar de las duras persecuciones de los emperadores Decio, Valerio y Diocleciano.
Existen diferentes argumentos que explican la oposición presentada al cristianismo por el Estado romano y buena parte de los intelectuales de la época, empezando con que la Iglesia se estaba convirtiendo en una institución que rivalizaba con el propio Estado. También se acusaba a los cristianos la difusión de unos ideales de ascetismo, vida contemplativa y, en definitiva, de un abandono de los tradicionales deberes sociales que contribuyeron a la desintegración del mundo clásico. Los romanos se olvidaron de querer salvar su patria para querer salvar su alma. Asimismo, se han presentado muchas razones para explicar el triunfo del cristianismo: falta de homogeneidad religiosa en el Imperio; el carácter universalista del cristianismo (una doctrina igual para todos); el alto nivel moral y la solidaridad de que hacían gala los cristianos de la época; la histeria colectiva generada por la turbulenta situación de Roma, que llevó a que muchas personas buscaran la fe por encima de la razón y el fortalecimiento numérico e institucional cada vez mayor que presentaba la Iglesia. El punto de no retorno del cristianismo se produjo con la conversión del emperador Constantino: el trato de favor dado al cristianismo a partir de ese momento fue definitivo en la culminación del proyecto (fig. 5).
Sobre la conversión de Constantino a la nueva doctrina, así como su grado de sinceridad y el momento en que se produjo sigue generando intenso debate. Algunos historiadores insisten en el oportunismo político del emperador y la ambigüedad religiosa, características que le habrían llevado a intentar conciliar los principios de la fe cristiana con un paganismo todavía fuerte. De hecho, Constantino nunca renunció al título de Pontifex Maximus y siguió presidiendo los ritos paganos tradicionales en la fundación de Constantinopla. Sea como fuere, esta conversión contribuyó definitivamente a cambiar la historia del Imperio. Según la tradición, representada por su biógrafo personal, el obispo Eusebio de Cesarea, Constantino se convirtió en el año 312 tras tener una visión providencial, que le anunciaba la victoria sobre su enemigo el emperador Majencio y quedar dueño de las provincias de Occidente (fig. 6).
Figura 6. Detalle de la visión de la Cruz realizada por los ayudantes de Rafael, que representa a Constantino I y la visión de la cruz en el cielo con el lema ''en este signo vencerás''. Imagen extraída de la web de los Museos Vaticanos. Puedes obtener más información en la misma web
Al margen de las interpretaciones favorables o detractoras de este acontecimiento, y del último intento serio de restauración pagana que llevó a cabo el emperador Juliano en la segunda mitad del siglo IV, la conversión de Constantino supuso abrir una puerta a numerosas novedades surgidas del reajuste de las relaciones Iglesia-Estado. El primero de estos reajustes se produjo con el famoso Edicto de Milán (313), a partir del cual los cristianos iban a disfrutar de la tolerancia estatal. Se devolvieron a la Iglesia las propiedades confiscadas durante las persecuciones; se eximió al clero de pagar impuestos; los obispos fueron dotados de autoridad judicial, la Iglesia pudo recibir donaciones y sus templos se convirtieron en lugares de asilo. También se le dio mayor importancia al carácter humanitario del cristianismo, prohibiéndose marcar a los esclavos con fuego o la medida punitiva de la crucifixión. Se inauguró la construcción de numerosas iglesias a expensas del Estado. Pero, sin duda, el mayor acontecimiento fue su intervención en el Concilio de Nicea del 325, al suponer el primer paso dado en la intromisión del poder laico en los asuntos internos de la Iglesia.
Con la excepción de Juliano el Apóstata, los sucesores de Constantino fueron dando decisivos pasos para la expansión del cristianismo y las relaciones Iglesia-Estado. El emperador Graciano dejó de ostentar el título pagano de Pontifex Maximus en el año 379. Por su parte, el emperador Teodosio I el Grande declaró el cristianismo la religión oficial del Imperio en el año 380, con el Edicto de Tesalónica. El paganismo oficial y aristocrático quedaba reducio a un culto minoritario destinado a desaparecer. A partir de entonces, los enemigos de la Iglesia iban a ser otros: las fisuras heréticas surgidas en el seno de la comunidad cristiana, entre las que el arrianismo desempeñaría un papel destacado por su éxito entre las poblaciones germánicas, y los brotes continuos de aquel paganismo rural y ancestral nunca vencido.
Webgrafía
- Sobre las páginas web que he utilizado ya he ido dejando sus respectivos enlaces en los pies de foto o durante la narración de los hechos; me da una pereza tremenda ir de uno en uno citando cada web en esta sección, por lo que las fuentes las tenéis, aunque no estén citadas como Dios manda, cosa que me la viene a sudar un poco. Hala, hasta luego.
Bibliografía
- Álvarez Palenzuela, V. Á. (Coord.). (2013). Historia universal de la Edad Media. Ariel.


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