Alta Edad Media: la desintegración del Imperio Romano (Palenzuela) - parte 2

    La caída del Imperio Romano de Occidente transformó profundamente la configuración de Europa. Imagen extraída de la web Ilustre.co. Puedes obtener más información en la misma web


2. Factores externos: los bárbaros

    2.1 Los pueblos germanos  y Roma

Un elemento clave en la desintegración del Imperio fue la incidencia de las incursiones bárbaras en las provincias romanas. Los barbaroi eran todos aquellos pueblos situados más allá de las fronteras políticas y culturales de la Hélade; fue un término heredado de los griegos por Roma. Este carácter tan peyorativo llevo a humanistas del Renacimiento, como Leonardo Bruni o Flavio Biondo, a identificarlos con el diluvio destructor de Occidente.

Las relaciones entre Roma y los pueblos bárbaros se iniciaron con la conquista y colonización romanas. La guerra de fronteras con los bárbaros formó parte del proceso de creación del Imperio. Más tarde se produjeron las migraciones de parte de las poblaciones germanas a las provincias imperiales, acompañados ya los guerreros de mujeres y niños, con un carácter casi siempre pacífico y con el deseo de servir a Roma, bien en forma de mercenarios o de manera colectiva mediante tratados para proteger los limes (fronteras) de otros pueblos. En los últimos siglos del Imperio se produjeron las invasiones violentas protagonizadas por guerreros que guían a sus respectivos pueblos, siguiendo las directrices de un jefe común y cuyos desencadenantes podían ser: la presión de otros pueblos, el fracaso de los pactos con Roma, su traición o, simplemente, la envidia y el deseo de vivir como los romanos. Mientras en unas ocasiones se limitaron a protagonizar simples razias, meras ocupaciones momentáneas de un territorio concreto con el único fin de llevarse el mayor botín posible para después marcharse a despojar otro lugar, en otras se trató de auténticos movimientos poblacionales con el propósito de poseer y gobernar un territorio.

Uno de los pasos más relevantes en el proceso de asimilación de los pueblos germanos fue su aceptación del cristianismo. El paso de los arrianos al catolicismo fue un punto clave en la historia de pueblos como los visigodos. Aún más decisivo fue la conversión de pueblos paganos como los francos y los anglosajones. En el año 497 el rey Clodoveo implicó la de su pueblo con el bautismo en el mismo día de 3.000 guerreros francos. Ya fuera de forma pacífica o a sangre y fuego, lo cierto es que se fueron cristianizando gradualmente algunos elementos paganos, como dar ciertas interpretaciones cristianas a las antiguas narraciones; construyendo iglesias sobre templos o lugares paganos o haciendo muchas de las antiguas divinidades nuevos santos protectores.


    2.2 La grandes migraciones del siglo V

Entre los siglos IV y VI se produjeron tres grandes oleadas migratorias por parte de los pueblos germanos sobre Europa. Los más grandes eran los visigodos, asentados en Dacia; los ostrogodos, situados en el Ponto y la actual Ucrania; los alamanes, instalados en el curso medio del río Elba; los burgundios ocupaban el valle del Main y las zonas próximas al Rin al este de Maguncia, los francos estaban asentados en la orilla derecha del Rin inferior; los sajones ocupaban la zona entre el Elba y el Ems; los vándalos se encontraban en la llanura húngara, al norte del Danubio y los lombardos, que estaban cerca del Elba, emigraron a Panonia a finales del siglo V (figs. 1 y 2).

    Figura 1. Como puede observarse, los pueblos germánicos guardaban ciertas similitudes en vestimenta ordinaria y militar, aspecto físico y costumbres. Imagen creada por el autor de esta entrada, pero los enlaces utilizados están en la sección de webgrafía


       Figura 2. Algunos pueblos, como los francos o los sajones, evolucionaron más rápidamente hasta constituir las monarquías medievales más poderosas de Europa, formadas por grandes reinos beligerantes. Imagen creada por el autor de esta entrada, con enlaces usados en la sección de webgrafía


Para que estos fenómenos migratorios tuvieran lugar fueron fundamentales las alteraciones y posterior presión de los pueblos nómadas de las estepas rusas, sobre todo, por parte de los hunos (fig. 3). Tras vencer a los alanos, ostrogodos y visigodos, desde el año 375 dominarían las estepas del Don y el delta del Danubio. En el año 376 los visigodos atravesaron el Danubio y al emperador romano Valente no le quedó otro remedio que aceptarlos y otorgarles funciones en el Imperio, como la annona o el control, reparto y transporte de cererales. Sin embargo, los malos tratos propinados por los funcionarios romanos y el débil sistema de abastecimiento al que estaban supeditados los visigodos provocó su rebelión y posterior victoria sobre las legiones romanas en la infame batalla de Adrianópolis (378), donde murió el mismo emperador.

    Figura 3. Hunos en la Europa del siglo V. Imagen extraída de la web Arre Caballo. Puedes obtener más información en la misma web


No sería hasta la llegada de Teodosio I que se logró la paz, unos años después. Este nuevo emperador, de origen hispano, logró llegar a un acuerdo con el pueblo godo en el 382, instalando a los ostrogodos en Panonia como federados del Imperio y a los visigodos en Moesia Inferior. Este acuerdo o foedus los convertía en tropas al servicio de Roma a cambio de recibir provisiones a cargo de la annona. Con la muerte de Teodosio, este acuerdo quedó roto, ya que la paz se había efectuado con la figura del emperador, no del Imperio en sí, una idea voluble y obsoleta hacía mucho tiempo. 

El Imperio se dividió entre sus hijos: Arcadio recibió Oriente y Honorio, Occidente. Este último, por su corta edad, cedió el poder militar a un general de origen vándalo, Estilicón, quien tuvo que enfrentarse continuamente a los ataques de los bárbaros, en especial, los protagonizados por el visigodo Alarico, el caudillo más temible del momento. En el año 405 grupos de ostrogodos, vándalos y alanos entraron en Italia. Aunque Estilicón aniquiló a la mayoría, a Honorio no le quedó otro remedio que trasladar la capital del Imperio a Rávena (noreste de Italia). Con el tiempo, las fronteras que tantos siglos costó a Roma imponer sobre los bárbaros fueron sobrepasadas una y otra vez por grupos de invasores de todas partes. Suevos, vándalos, alanos siguieron atacando el debilitado Imperio occidental hasta el día del trágico asedio y saqueo de Roma, perpretado por los visigodos de Alarico en el año 410 (fig. 4). Provocó un profundo impacto psicológico en todo el mundo romano, ya que la ciudad se había mantenido inviolada desde la invasión celta de Brenno, acaecida 800 años antes, en los albores de la República. El profundo trauma que generó el saqueo de Roma abrió un ardiente debate entre los autores cristianos y paganos sobre el fin del mundo. Por suerte para ellos, Alarico no pretendía permanecer en Italia, sino pasar al norte de África. Su muerte, poco antes de terminar el año, acabó con un sueño expansionista que iba a abrir un nuevo periodo en el destino del pueblo visigodo.

        Figura 4. Resulta extraño el contraste entre los bárbaros de Alarico, vestidos a la manera celta, y las finas y pulcras vestimentas de los ciudadanos romanos. Imagen extraída de la web Somos Godos. Puedes obtener más información en la misma web


En el año 409, suevos, vándalos y alanos atravesaron los Pirineos. Durante dos años la Península Ibérica fue saqueada, depredada y atacada por el hambre y la peste. A partir del 411 se instalaron estos bárbaros en la tierra de los conejos: los suevos se acantonaron en la Gallaecia, al noroeste del país; los alanos se desperdigaron por las provincias Cartaginense y Lusitania, mientras los vándalos lo hacían por la Bética. La resistencia de los hispanorromanos fue escasa por la ausencia de tropas romanas. Con el tiempo, el caudillo de los vándalos, Genserico, reunió a su pueblo, unos 80.000 hombres, y cruzó el estrecho de Gibraltar en el 429. Tomaron Cartago y atacaron Sicilia, perdiendo Roma su más importante granero. La que en su momento fue la Urbs Aeterna era incapaz de reaccionar militarmente y no le quedó otro remedio que admitir la existencia de un nuevo reino bárbaro, el de los vándalos del norte de África. En la Península ya solo quedaban los suevos, dirigidos por Hermerico. En el año 436 los burgundios, convertidos en federados del Imperio, se asentaron en la cuenca del río Ródano. Fundaron núcleos importantes como Lyon o Ginebra. Se trataba de un reino débil que desapareció cuando fueron conquistados por los francos tras la victoria de Autun (534). 

Paralelamente se produjeron fenómenos migratorios marítimos, protagonizados por anglos, jutos y sajones en torno al año 450 sobre las Islas Británicas. Habían sido abandonadas antaño por las legiones romanas y esto fue aprovechado por los pueblos germánicos para penetrar con facilidad las debilitadas defensas. Desapareció la vida urbana típicamente romana y florecieron las costumbres prerromanas-celtas.


    2.3 El azote de Dios

Entre los años 450-451 tuvo lugar la mayor prueba de fuerza para el Imperio romano y, en general, para el resto de pueblos germánicos ya asentados y parcialmente romanizados: la invasión de los hunos. Este pueblo de las estepas, localizado incialmente en Ucrania y Rumanía, contaba ahora con un caudillo terrible y extremadamente poderoso: Atila, ''el azote de Dios'' (fig. 5). Han quedado numerosas descripciones de la ferocidad y el potencial destructivo de los hunos y, especialmente, de su jefe. Hasta el año 450 Atila había dirigido sus incursiones hacia el Imperio romano de Oriente, al que no le había quedado otro remedio que pactar un tributo anual como forma de paz.

    Figura 5. El caudillo bárbaro que arrasó media Europa y murió de un sangrado nasal. Imagen extraída de la web World History. Puedes obtener más información en la misma web


Parece ser que a Atila se le prometió la mano de Honoria, la hermana del emperador Valentiniano III. Pocos días antes de morir, el emprador de la Roma oriental, Teodosio II, instó a Valentiniano a que entregara su hermana al caudillo huno. Apoyado por la fuerza de sus guerreros, Atila solicitó para sí y su prometida la mitad del Imperio de Occidente, la Galia. Atravesó el Rin e inició el asedio ed Orleans. Después buscó la resolución de la guerra en un enfrentamiento decisivo. Fue en la batalla de los Campos Cataláunicos donde una coalición militar encabezada por el general romano Aecio y el rey ostrogodo Teodorico, y compuesta por romanos, visigodos, burgundios, francos, sajones y alanos derrotaron a los hunos de Atila. Sin embargo, el caudillo huno seguía hostigando la península itálica. Al año siguiente irrumpió en el valle del Po, saqueando el norte del país.

Lo más sorprendente es que Atila, al igual que hiciera Aníbal 6 siglos atrás, no intentó conquistar Roma. Algunos motivos que se barajan son que sus chamanes le desaconsejaran esta operación, recordándole el ejemplo de Alarico, muerto al poco tiempo de llevar a cabo el saqueo de la ciudad, o que la embajada romana, encabezada por el papa León I, convenció al caudillo para no penetrar en la capital, quizás con la promesa del envío de Honoria y el pago de algún tributo. La realidad histórica de la embajada es indiscutible, pero lo realmente relevante es, por un lado, que Aecio y el emperador confiaran la embajada a León I, lo que demuestra nuevamente la consolidación cada vez mayor del poder espiritual frente al imperial y, por otro, que Atila, inesperadamente, se dejara persuadir y se retirara. Al poder persuasivo del Papa hay que añadir que, en aquel momento, el emperador de Oriente, Mauricio, estaba atacando los cuarteles hunos en Panonia; además, a esto hay que sumar el cansancio de las tropas enemigas, molestas por la lejanía de su base de operaciones y las epidemias que iban diezmando el ejército. Con todo esto, podemos afirmar que la campaña de Atila en Roma no le reportó beneficio alguno: no existe referencia alguna del posible tributo prometido; Honoria no le fue entregada y el saldo de muertos se ha calculado en varios millares.

Atila volvió a Panonia en el año 453 y se apresuró a devolver el golpe a Mauricio por haberse negado a pagar los tributos acordados con su antecesor, Teodosio. Pero al morir el huno durante la noche de bodas con una nueva esposa, posiblemente a causa de una epistaxis que llevaba sufriendo durante años, se pondría fin a los propósitos expansionistas del caudillo más aterrador que asoló la Roma en sus últimos años de vida. Con la muerte de Atila, el resto de su Imperio se disgregó y desapareció. 


    2.4 El final del Imperio romano de Occidente

La muerte del más mortal enemigo de Roma por aquel entonces no iba a significar más que un levísimo respiro. La inestabilidad del poder romano se acentuaba progresivamente: Valentiniano III ejecutó al general Aecio pocos meses después y el mismo emperador murió asesinado en el 454. El Imperio fue descomponiéndose lentamente. La capital estaba en Rávena y el poder militar era pura ficción. La propia Roma, que ya había perdido su papel sagrado de núcleo imperial, fue asaltada por los vándalos en el año 455 sin que ninguna autoridad civil o eclesiástica pudiera detener el empuje bárbaro como lo había conseguido León I con Atila. 

Tras la desaparición de la dinastía de Teodosio, los siguientes emperadores de Occidente carecían de la fuerza necesaria para gobernar con un mínimo de autoridad, por lo que iniciaron la fatal tradición de depositar el poder de hecho en los grandes jefes militares de ascendencia germánica. Entre estos generales que controlaban emperadores destacó Ricimero, quien ostentó el poder entre el 456-472 hasta el ascenso de otro general romano de origen bárbaro, el hérulo Odoacro, nombrado rey por las tropas imperiales. Solo el emperador Mayoriano, impuesto por Ricimero, representaría un último intento, aunque sin éxito, de restablecer la dignidad imperial al combatir a francos, visigodos y vándalos.

Finalmente, el destronamiento del último emperador, el joven Rómulo Augústulo en el año 476 por su antiguo protector, Odoacro, puso fin a cualquier nuevo intento de restauración del Imperio romano de Occidente (fig. 6). El caudillo envió las insignias imperiales a Constantinopla, capital del Imperio romano de Oriente y convertida en ''la nueva Roma''. El emperador Zenón aceptó el presente de Odoacro y lo nombró gobernante de la desaparecida Roma, mientras la clase senatorial italiana mantendría la administración civil. Pero el futuro del panorama político en Occidente iba a seguir cambiando: desde el año 481, los francos se lanzaron a ocupar la Galia, dirigidos por el rey Clodoveo, quien acabó con los restos del dominio romano en la zona tras su victoria en el 486 sobre el duque galorromano Siagrio. Bajo el mando de Teodorico el Grande, los ostrogodos se asentaron en Italia con el propósito de crear una entidad política basada en un sistema de alianzas de los pueblos germánicos para luchar contra Bizancio. La creación de estos nuevos reinos y la puesta en marcha de sus proyectos, de mayor o menor éxito, lograrían que el perfil de la Europa fuera distinto a partir del siglo VI.

    Figura 6. Deposición y entrega de las insignias imperiales al general romano y usurpador Flavio Odoacro. Imagen extraída de la web Meisterdrucke. Puedes obtener más información en la misma web


Webgrafía
  • Sobre las páginas web que he utilizado ya he ido dejando sus respectivos enlaces en los pies de foto o durante la narración de los hechos; me da una pereza tremenda ir de uno en uno citando cada web en esta sección, por lo que las fuentes las tenéis, aunque no estén citadas como Dios manda, cosa que me la viene a sudar un poco. Hala, hasta luego.
  • Sobre los visigodos tienes esta entrada
  • Sobre los godos tienes esta entrada
  • Sobre los burgundios tienes esta entrada

Bibliografía
  • Álvarez Palenzuela, V. Á. (Coord.). (2013). Historia universal de la Edad Media. Ariel.

Comentarios

Entradas populares