El ascenso de los carolingios - parte 1
San Remigio bautizando a Clodoveo I, fundador de la dinastía merovingia, obra del artista flamenco de San Gil (1500), National Gallery of Art (Washington D.C.). Puedes obtener más información en la web del museo
Tras la muerte de Clodoveo I el año 511, el reino se dividió entre sus hijos, quedando configurada la situación futura del reino de los francos, caracterizada por las constantes luchas por el poder (fig. 1).
Figura 1. El reino franco dividido a la muerte de Clodoveo I. Imagen extraída de la web Wikipedia. Puedes obtener más información en la misma web
El reino de los francos por aquel entonces estaba formado por diversos territorios: Neustria se extendía entre el canal de la Mancha y Champaña; Austrasia estaba constituida por la regiones más orientales del mundo franco, entre Reims y el Rin. Era, sin duda, la zona más germanizada. Por otra parte, se encontraban aquellos territorios en los que el dominio franco era problemático pese a estar integrados en el reino que construyera Clodoveo. Era el caso de Aquitania, región situada al sur del Loira y teóricamente formaba parte de Neustria, aunque los lazos de unión eran muy inestables debido a que a lo largo de los años hubo constantes impulsos secesionistas, al igual que sucedía en Borgoña.
A partir de esta división, la historia de los francos es la de la rivalidad entre Austrasia y Neustria por alcanzar la hegemonía y está plagada de luchas, subterfugios y crueldad sin límites; y es que la costumbre de Clodoveo de dividir el reino y las actitudes de las regiones colindantes dieron lugar a una continuada lucha por parte de algunos de sus descendientes por recuperar la unidad. Este fue el caso de Dagoberto I, último rey merovingio que reunificó efectivamente los Estados de Clodoveo bajo una misma corona. Sin embargo, a su muerte el reino quedó repartido entre sus hijos, quedando Sigeberto III como rey de Austrasia y Aquitania, mientras Clodoveo II reinaba en Neustria y Borgoña. Por entonces se iniciaba la decadencia definitiva de la monarquía merovingia, que se hizo electiva, aunque a veces se mantuvo una unidad formal mediante el creciente auge de una aristocracia que terminaría por desbancar a la propia dinastía reinante. La decadencia de los merovingios no hizo más que aumentar a partir del siglo VII, acentuada por la presencia de reyes holgazanes. Varios son los factores que en mayor o menor medida contribuirán a la ruina merovingia, entre otros el ascenso al trono a muy temprana edad y la consiguiente minoría de edad; la muerte del rey al poco de iniciar su gobierno y, también, taras mentales hereditarias de algunos merovingios. Todo ello habría tenido como consecuencia un vacío de poder continuado pues estos monarcas, a caballo entre la capital y sus residencias campestres, terminarán abandonando el ejercicio del poder en una serie de nobles capitaneados por los mayordomos de palacio que, en resumidas cuentas, ejercerán como reyes absolutos. El proceso de decadencia y desaparición de la dinastía merovingia fue lento y agónico, debido a la gran cantidad de reyes que gobernaron junto con otro gran número de mayordomos de palacio y advenedizos que buscaban, como el resto de nobles, el poder (fig. 2).
Figura 2. La sombra que se extiende bajo el árbol genealógico de la dinastía merovingia es inmensa, por lo que se requiere una gran cantidad de paciencia y motivación para leer y comprender la evolución de esta saga dinástica. Imagen extraída de la web Reddit. Puedes obtener más información en la misma web
Al margen de las luchas dinásticas y los constantes enfrentamientos entre Austrasia y Neustria fue naciendo una aristocracia cuyo desarrollo socio-económico se basaba en las donaciones territoriales efectuadas por los reyes merovingios o bien por ser descendientes de las familias romanas más poderosas, que iban en disminución, pero desempeñaban un papel importante en el Estado y más aún en la Iglesia y el episcopado. Esos grandes nobles irán acumulando privilegios de toda índole y se mostrarán siempre ambiciosos de poder; con el paso del tiempo, seguirán incrementando su poder al aparecer los primeros rasgos del sistema feudal que se desarrollaría después, ya que estos aristócratas recibirán a su servicio a muchos hombres que se vinculan a ellos por lazos personales, generalmente campesinos que trabajan las tierras de sus señores a cambio de protección.
Tras la muerte de Dagoberto I (639), la combinación de los factores mencionados impuso el poder en manos de los aristócratas de cada uno de los reinos que fragmentaban el territorio franco y que convirtieron a la monarquía de Austrasia, Neustria y Borgoña en un instrumento en sus manos. Desde entonces, la figura de los reyes merovingios se irá ocultando tras los mayordomos de palacio, los cuales no tardarán en ejercer una compleja red de resortes que les permitirán influir en la designación de cargos públicos y eclesiásticos. El asesinato y las intrigas palaciegas pusieron fin a la vida de todo rey que tratase de recuperar posiciones frente a estos nobles y, finalmente, el deterioro de la fiscalidad y las cesiones de tierras a poderosos magnates hicieron que los monarcas merovingios fueran incapaces de llevar a cabo una política propia. La fuerza de la aristocracia, consolidada también por la unión entre familias, ya era algo natural durante el reinado de Clotario II (584-629), que pudo convertirse en rey único de los francos gracias al apoyo de los nobles de Borgoña y Austrasia. A su vez, estos nobles impusieron un programa político que reducía considerablemente su autoridad. Hoy en día tan solo conservamos el rostro de estos monarcas en toscas esculturas y desgastadas monedas, emborronadas por el paso del tiempo (fig. 3).
Figura 3. Como puede observarse, a los reyes anteriores a los francos se los representaba de maneras similares, con capas, espadas o cetros, coronas, miradas graves y cabellos largos. Imagen creada por el autor de esta entrada
El poder de los mayordomos de palacio
El mayordomo de palacio no desempeñaba un papel fundamental, pero el hecho de tener el cargo de la gestión de los dominios reales, en una época en que el dinero llegaba a las arcas a través de las rentas que estos generaban, elevó la categoría de estos ministros que en el siglo VII sufrirán un fuerte proceso de transformación muy relacionado con el propio avance del poder nobiliario, terminando por disponer de todo el reino.
Durante el reinado de Clotario II, la figura del mayordomo de palacio va adquiriendo mayor poder para convertirse en representante del rey en el extranjero. Austrasia, Neustria y Borgoña tendrán su propio mayordomo, convertido en el primer empleado administrativo de la corona a la vez que cabeza visible de la nobleza de cada uno de los reinos. En Austrasia, dos grandes familias de magnates habían logrado destacarse por encima del resto gracias a la rebelión que protagonizaron contra la regente Brunequilda, en el año 613, y la valiosa ayuda que prestaron a Clotario II para que acabase con la hegemonía de esta mujer, la cual terminó sus días atada a un caballo y siendo arrastrada hasta morir (fig. 4).
Figura 4. Brunequilda, o Brunegilda, fue una princesa visigoda quien, por matrimonio, llegó a ser reina de Austrasia. Imagen extraída de la web Wikipedia. Puedes obtener más información en la misma web
Llegaba la hora de las recompensas y Arnulfo, cabeza de una de estas familias, recibió la investidura del obispado de Metz, diversos cargos palatinos y la tutoría del pequeño Dagoberto I, convertido en rey de Austrasia. Por su parte, el dirigente de la otra gran familia de terratenientes francos, Pipino de Landen, fue nombrado mayordomo de palacio de Neustria. De esta manera, se llegaba a la hegemonía absoluta de la aristocracia austrasiana personificada en estos dos hombres, cabezas de dos ramas familiares que se fusionaron a través del matrimonio entre Ansegiselo, hijo de Arnulfo, y Begga, hija de Pipino. Así nacía la primera gran dinastía de mayordomos de palacio (fig. 5).
Figura 5. La unión de los hijos de ambas familias llevó al nacimiento de una poderosa dinastía de administradores de los territorios francos. Imagen creada por el autor de esta entrada
La entronización de Dagoberto I como rey de Austrasia y Neustria cambió el panorama político, pues el intento del monarca merovingio de llevar a cabo un control más férreo de estos territorios y sacudirse de encima la familia pipínida despertó la rápida reacción de los nobles, siempre recelosos del fortalecimiento monárquico. Como protesta, abandonaron sus deberes de defensa del territorio y amenazaron con abrir el territorio austrasiano a los ataques eslavos. Esta actitud fue suficiente para obligar a Dagoberto a nombrar, como rey de Austrasia, a su hijo Sigeberto III, todavía niño, dejando su custodia en manos de regentes rivales de Pipino. El poder de los pipínidas quedaba reducido hasta la muerte de Dagoberto I en el 640. Así llegamos a mediados del siglo VII y a unos acontecimientos que vendrían a reforzar la posición de la dinastía de Pipino de Landen: en el año 642 el hijo de Pipino, Grimoaldo, ocupó la mayordomía en la que permanecería hasta su muerte. Grimoaldo contaba con unas dotes políticas muy superiores a las que tenía Sigeberto III.
El nuevo mayordomo trazó una política que tenía dos claras direcciones. En primer lugar, respecto a la Iglesia, amplió y desarrolló la tradición que inauguró su padre y que se plasmará en la construcción de monasterios poblados por monjes irlandeses y francos. La Iglesia, satisfecha, dio su apoyo a Grimoaldo propiciando una aureola de santidad de algunos de los miembros de su familia, como fue el caso de Arnulfo (pasando a llamarse San Arnulfo), quien alcanzó el obispado de Metz y, al igual que San Romárico, abandonó la corte austrasiana para meditar profundamente y pasar ''en santidad'' los años que le quedaban. Su santidad no tardó en extenderse, dando origen a una familia de santos que se fortaleció con el tiempo hasta el extremo de que en tiempos de Carlomagno, este acudirá a los orígenes santos de su dinastía para explicar y justificar parte de los procesos que culminarían con su coronación en el año 800. La segunda dirección de la política de Grimoaldo se orientó en consolidar su dinastía en el poder. Consiguió que Sigeberto III, quien carecía de herederos, adoptara a uno de los hijos del mayordomo, que fue rebautizado con el nombre merovingio de Childeberto. Este hecho significaba la máxima elevación de la familia pipínida al rango real mediante un acto no violento ni una deposición del rey, sino una sucesión legal al no haber herederos.
Por desgracia, los planes de Grimoaldo se vinieron abajo cuando Sigeberto, cercana ya su muerte, tuvo un hijo, Dagoberto II. Rápidamente, el mayordomo hizo tonsurar al joven rey (obligarlo a adoptar los votos monacales y, por tanto, negarle el acceso al trono) y lo envió exiliado a Irlanda en el año 661, imponiendo como sucesor a su hijo Childeberto, llamado el Adoptado. Ahora el acto legal se convertía en una usurpación. Prontamente, la nobleza austrasiana vio la oportunidad de alzarse contra el mayordomo y evitar la definitiva consolidación del dominio de los pipínidas, formando una alianza con Neustria, cuyo rey, Clotario III, sucesor de Clodoveo II, envió fuerzas suficientes para eliminar a Grimoaldo y colocar en el poder al hermano del difunto Sigeberto, Childerico II, dócil a las directrices del mayordomo de Neustria, el poderoso Ebroino.
El auge de los pipínidas
En el reino de Neustria, la situación política progresaba de forma similar a cómo ocurría en Austrasia, es decir, con un mayordomo que gobernaba de hecho y un monarca merovingio sometido a su voluntad. Desde la muerte de Clodoveo II en el año 657, sucedido por el débil Clotario III, la política de Neustria estará dirigida por Ebroino quien, controlada Austrasia, emprendió una tarea de consolidación de su autoridad basada en controlar un importante sector de la aristocracia neustriana. Sin embargo, la nobleza no tardó en alarmarse ante las pretensiones de fortalecimiento y expansión de la autoridad de Ebroino y estallaron las rebeliones en Neustria y Borgoña. Ebroino impuso la sucesión del fallecido Clotario III en la persona de Teodorico III, hermano del difunto. La nobleza de las diversas regiones mantuvo su rebeldía para frenar, esta vez con éxito, las ambiciones del mayordomo de palacio y designaron a Childerico II como rey de Austria, Neustria y Borgoña. Fruto de este éxito nobiliario surgió el encierro de Ebroino y Teodorico, cada uno en un monasterio al tiempo que Childerico II se convertía en rey único por corto espacio de tiempo. Pero este último intento del rey merovingio de gobernar por encima de los nobles que le habían encumbrado terminó con su asesinato en el 675.
En el dividido reino franco se abrió nuevamente la lucha por el poder entre la aristocracia austrasiana, rival de los pipínidas. Los nobles consiguieron imponer en el trono a Dagoberto II, quien solo reinó 3 años hasta su asesinato. La desaparición del rey de Austrasia encajaba perfectamente en los planes de Ebroino, quien apoyó la vuelta al trono de Teodorico III y convertirlo en rey único, para, de esta forma, convertirse Ebroino en el mayordomo de palacio hegemónico. Era necesario imponerse sobre la aristocracia de Austrasia, lo que provocó el enfrentamiento directo con los pipínidas, dinastía que había permanecido un tiempo a la sombra pero emergía con renovado vigor.
Los descendientes de Pipino de Landen habían perdido su posición predominante tras la desaparición de Grimoaldo, pero el testigo fue recogido por los descendientes de aquella unión entre Begga y Ansegiselo, los llamados arnulfingos, que van a recuperar posiciones perdidas. Ebroino pactó con el cabeza de esta poderosa familia austrasiana, Pipino de Heristal, hijo de Ansegiselo y nieto de Arnulfo. La alianza entre ambos mayordomos se basaba en la pura necesidad de apoyarse frente a los demás nobles a finales del siglo VII. Sin embargo, era inevitable que se produjese el choque porque uno y otro aspiraban a superarse y no querían ser meros juguetes en manos del otro. Como era de esperar, en poco tiempo el pacto se rompió y se buscaron apoyos en otros nobles. El punto de inflexión lo marcó el asesinato de Ebroino en el 681, lo que dio paso a una etapa tremendamente conflictiva y confusa en la que se mezclaban los intentos de Teodorico III por sacudirse la tutela del mayordomo y ejercer el poder en Neustria, para lo cual buscó apoyos exteriores y uno de ellos fue el de Pipino, quien recibió la petición de ayuda de un sector de la nobleza neustriana. Pipino de Heristal, mayordomo de Austrasia, gobernó con el título de dux et princeps francorum hasta su muerte en el 714, durante los reinados de Teodorico III, Clodoveo III, Childeberto III y en casi la totalidad del mandato de Dagoberto III, todos nombrados por el mismo Pipino y eclipsados por el poder del mayordomo de palacio (fig. 6).
Figura 6. Pipino de Heristal, heredero y continuador de la dinastía de servidores más poderosa de la Europa altomedieval. Imagen extraída de la web Britannica. Puedes obtener más información en la misma web
La política exterior desplegada por Pipino de Heristal representaba la continuidad que había seguido la dinastía merovingia de finales del siglo VI y principios del VII. Reyes como Dagoberto III trataron de perfilar una frontera que separara con claridad Austrasia de los reinos controlados por sus vecinos germánicos en el este. Pipino también llevó a cabo acciones contra los sajones y los alamanes. Las bases que sustentaban el poder del mayordomo eran todavía inestables, como lo desmostraron las revueltas alamanas y la reacción de la nobleza de Neustria al morir, de manera que solamente las grandes cualidades políticas y militares de su hijo bastardo, Carlos, consiguieron devolver la hegemonía a la casa pipínida. El más tarde llamado Carlos Martel se convertiría en el iniciador de una nueva dinastía conocida como carolingia. Antes de morir, Pipino de Heristal eligió como sucesor a su nieto Teobaldo, un hijo del fallecido Grimoaldo, y comunicó la noticia a los magnates del reino. Sin embargo, estos esperaron a la muerte de Pipino en el año 714 para tomar sus propias decisiones sobre la sucesión en cuestión, pues Teobaldo tan solo tenía 6 años y era necesaria una regencia, que fue encomendada a la abuela del niño, Plectruda, consorte de Pipino (fig. 7).
Figura 7. El artífice de la grandiosa dinastía carolingia, de donde salió Carlomagno, Carlos Martel, junto a Plectruda, una mujer que provocó numerosos conflictos nobiliarios. Imagen creada por el autor de esta entrada
Una mujer al frente del gobierno franco en nombre de su nieto era la situación perfecta para que volviesen las revueltas encabezadas por los nobles. En Neustria se rebelaron abiertamente rechazando la presencia de la viuda de Pipino junto al niño y procedieron a elegir a su propio regente, Regenfredo, quien estuvo atacando Austrasia, venció a la abuela y nombró como rey a Chilperico II en el año 715. Plectruda fue derrotada una vez más al año siguiente por un potente ejército neustriano que marchó contra Colonia, donde se encontraba la viuda. Regenfredo obtuvo una buena parte del tesoro de Pipino y demostró, con esta victoria, la fragilidad de muchas de las fidelidades hasta entonces inquebrantables con las que pensaba contar Plectruda.
Una nueva dinastía
Por suerte para los pipínidas (o sería mejor decir para los carolingios), la situación no se volvería a repetir gracias a la intervención del bastardo de Pipino, Carlos Martel, quien logró escapar de la prisión y fue el encargado de liderar la reacción de Austrasia, reclutando un ejército con el que consiguió vencer en Vinchy (717). Carlos Martel demostró sus grandes dotes de estadista, pues en lugar de seguir adelante y perseguir a sus enemigos, volvió a recuperar Austrasia para presentarse ante Plectruda, quien le entregó lo que quedaba del tesoro de Pipino. Martel fue designado mayordomo de palacio y su primera medida fue nombrar rey a Clotario IV, cuyo corto reinado no hizo más que incrementar la decrepitud de la decadente dinastía real. De esta manera llegaba a su fin una dinastía real y se iniciaba el camino de un linaje que cambió la historia de la Europa altomedieval.
Webgrafía
- Sobre las páginas web que he utilizado ya he ido dejando sus respectivos enlaces en los pies de foto o durante la narración de los hechos; me da una pereza tremenda ir de uno en uno citando cada web en esta sección, por lo que las fuentes las tenéis, aunque no estén citadas como Dios manda, cosa que me la viene a sudar un poco. Hala, hasta luego.
Bibliografía
- Álvarez Palenzuela, V. Á. (Coord.). (2013). Historia universal de la Edad Media. Ariel.










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